El cuaderno de Noah

Título
El cuaderno de Noah

Autor
Nicholas Sparks

Año
2023

Páginas
192

Idioma
Español

Editorial
ROCA BOLSILLO

Resumen
En 1946 en Carolina del Norte, la población está despertando de la pesadilla de la guerra. Allí vuelve Noah Calhoun, para intentar que la plantación de la que procede vuelva a su antigua gloria, pero las imágenes de la preciosa joven que conoció catorce años atrás no paran de perseguirle. A pesar de que no ha sido capaz de encontrarla, tampoco ha conseguido olvidarla. Es entonces cuando, de manera inesperada, vuelve a dar con ella. Allie Nelson, está comprometida con otro hombre, pero reconoce que la pasión que una vez sintió por Noah no ha disminuido ni un ápice con el paso del tiempo.

FRAGMENTO

Milagros

¿Quién soy? ¿Y cómo terminará esta historia?
Acaba de amanecer, y estoy sentado junto a una ventana empañada por el
aliento de toda una vida. Esta mañana soy un auténtico espectáculo: dos camisas,
unos pantalones de paño de abrigo, una bufanda enrollada dos veces alrededor del
cuello y metida dentro de un suéter grueso que me tejió mi hija para mi cumpleaños,
hace ya tres décadas. El termostato de la calefacción está al máximo y he puesto una
pequeña estufa a mi espalda. Silba, ruge y escupe aire caliente como el dragón de
un cuento, y sin embargo mi cuerpo tiembla con un frío que no desaparecerá nunca,
un frío que ha tardado ochenta años en gestarse. Ochenta años, pienso a veces, y
aunque llevo mi edad con resignación, no puedo creer que no haya conducido un
coche desde los tiempos en que George Bush era presidente. Me pregunto si a toda
la gente de mi edad le pasará lo mismo.
¿Mi vida? No es fácil de describir. No ha sido la experiencia vertiginosa y
espectacular que hubiera deseado, pero tampoco he vivido oculto bajo tierra, como
las ardillas. Supongo que podría compararse con la Bolsa; relativamente estable,
con más momentos buenos que malos y una tendencia general al alza. Un buen
negocio, un negocio afortunado, y sé por experiencia que no hay mucha gente que
pueda decir lo mismo. Pero no me interpreten mal. No soy especial; de eso estoy
seguro. Soy un hombre corriente, con pensamientos corrientes, que ha llevado una
vida corriente. No me dedicarán ningún monumento y mi nombre pronto pasará
al olvido, pero he amado a otra persona con toda el alma, y eso, para mí, es más que
suficiente.
Para los románticos, esta será una historia de amor; para los escépticos, una
tragedia. Para mí es una mezcla de ambas cosas, e independientemente de la
impresión que les cause al final, nadie podrá negar que ha determinado gran parte de
mi vida y señalado mi camino. No tengo quejas de ese camino ni de los sitios
adonde me ha llevado; puede que tenga quejas suficientes para llenar una carpa de
circo en otros planos, pero el camino que he elegido ha sido el mejor y jamás lo
cambiaría por otro.
Por desgracia, con el tiempo no resulta sencillo seguir el rumbo fijado. El
camino es tan recto como siempre, pero ahora está salpicado de las rocas y
piedrecillas acumuladas en el transcurso de una vida. Hasta hace tres años habría
sido fácil sortearlas, pero hoy es imposible. La enfermedad se ha apoderado de mi
cuerpo; ya no soy fuerte ni estoy sano, y paso el tiempo como un globo viejo:
lánguido, flojo y cada vez más blando.
Toso y miro el reloj por el rabillo del ojo. Es hora de salir. Me levanto del sillón
situado junto a la ventana y cruzo la habitación arrastrando los pies, deteniéndome
ante el escritorio para tomar el cuaderno que he leído centenares de veces. Ni
siquiera lo miro. Me lo pongo debajo del brazo y sigo andando hacia el sitio
adonde quiero ir.
Camino sobre las baldosas blancas salpicadas de gris. Como mi pelo y como el
de la mayoría de los que viven aquí, aunque esta mañana soy el único en el
vestíbulo. Están en sus habitaciones, con la sola compañía de la televisión, pero ellos,
como yo, están acostumbrados. Con el tiempo, uno se acostumbra a cualquier cosa.
Oigo un llanto ahogado a lo lejos y sé perfectamente de dónde procede. Las
enfermeras me ven; nos sonreímos y nos saludamos. Son amigas mías y charlamos a
menudo, aunque estoy seguro de que especulan sobre mí y sobre las cosas que
hago cada día. Oigo que murmuran a mi paso:
—Ahí va otra vez —dicen—. Ojalá hoy salga bien. Pero no me dicen nada en la
cara. Estoy convencido de que piensan que me molestaría hablar de ello a una hora
tan temprana y, conociéndome, quizá tengan razón.
Un minuto después llego a la habitación. Como de costumbre, han dejado la
puerta abierta. Hay otras dos enfermeras dentro y también me sonríen.
—Buenos días —saludan alegremente, y dedico un minuto a preguntarles por
los niños, el colegio y las vacaciones que se aproximan.
Durante otro minuto hablamos del llanto. Al parecer, no lo han notado. Ya no
les afecta; y debo confesar que a mí me pasa otro tanto.
Me siento en el sillón, que ha adquirido la forma de mi cuerpo. Casi han
terminado; ella está vestida, pero sigue llorando. Sé que callará en cuanto se vayan.
El ajetreo de la mañana siempre la perturba y hoy no es una excepción. Finalmente,
las enfermeras retiran el biombo y se marchan. Las dos me tocan y me sonríen al
pasar por mi lado. Me pregunto qué significan esos gestos.
Un segundo después la miro, pero ella no me devuelve la mirada. Lo
entiendo, porque no me reconoce. Para ella soy un extraño. Me doy vuelta, inclino
la cabeza y rezo en silencio, pidiendo la fuerza que sé que voy a necesitar. Siempre
he sido un firme creyente en Dios y en el poder de la oración, aunque, para ser
sincero, mi fe me ha llevado a plantearme una lista de interrogantes para los que
exigiré respuestas después de la muerte.
Ya estoy preparado. Me pongo los anteojos y saco una lupa del bolsillo. La
dejo un instante en la mesa mientras abro el cuaderno. Tengo que chuparme el
dedo dos veces para abrir la gastada tapa. Pongo la lupa en posición.
Antes de empezar a leer, siempre hay un momento de vacilación en que me
pregunto: ¿pasará hoy? No lo sé; nunca lo sé de antemano, y en el fondo me es igual.
Es la esperanza lo que me impulsa a seguir; no hay garantías, como si se tratara de
una apuesta. Pueden llamarme soñador, ingenuo, o cualquier cosa por el estilo,
pero estoy convencido de que todo es posible.
Sé que las probabilidades y la ciencia están en mi contra. Pero también sé que la
ciencia no es infalible; la experiencia me lo ha demostrado. Por eso creo que los
milagros, por inexplicables o increíbles que parezcan, existen y pueden contradecir
el orden natural de las cosas. De modo que una vez más, como todos los días,
empiezo a leer el cuaderno en voz alta para que ella me oiga, con la esperanza de que
el milagro que ha llegado a dominar mi vida vuelva a triunfar. Y quizá, sólo quizá,
lo haga.

Fantasmas

A principios de octubre de 1946 Noah Calhoun contemplaba la puesta de sol
desde el zaguán de su casa de estilo colonial. Le gustaba sentarse allí al atardecer,
después de trabajar todo el día, y dejar vagar sus pensamientos. Era su forma de
relajarse, una rutina que había aprendido de su padre.
Le gustaba sobre todo mirar los árboles y su reflejo en el río. Los árboles de
Carolina del Norte son hermosos en otoño; verdes, amarillos, rojos, naranjas y todas
las tonalidades intermedias. Sus colores resplandecen a la luz del Sol. Por centésima
vez, Noah Calhoun se preguntó si los antiguos propietarios de la casa pasarían las
tardes allí, pensando en las mismas cosas.
La casa, construida en 1772, era una de las más antiguas y grandes de New
Bern. Originariamente, la vivienda principal de una plantación; Noah la había
comprado poco después de la guerra, invirtiendo una pequeña fortuna y los últimos
once meses en repararla. Unas semanas antes, un periodista del diario de Raleigh
había escrito un artículo sobre ella, diciendo que era una de las mejores
restauraciones que había visto. Y no se equivocaba respecto de la casa. El resto de la
finca era otra historia, y allí pasaba Noah la mayor parte del día.
La casa se alzaba sobre un terreno de seis hectáreas, a orillas del río Brices, y
Noah estaba reparando la valla de madera que rodeaba los otros tres lados de la
finca, comprobando que no hubiera termitas o que la madera no estuviera podrida y
reemplazando postes donde era necesario. Todavía quedaba mucho por hacer,
sobre todo en el oeste, y poco antes, mientras guardaba las herramientas, Noah se
había recordado que tendría que encargar más madera. Entró en la casa, bebió un
vaso de té helado y se duchó. Siempre se duchaba al atardecer, cuando el agua lo
libraba de la suciedad y también del cansancio.
Después se peinó el cabello hacia atrás, se puso unos vaqueros descoloridos y
una camisa azul de mangas largas, se sirvió otro vaso de té y salió al porche donde
estaba sentado ahora, donde se sentaba todos los días a la misma hora.
Estiró los brazos por encima de la cabeza, luego hacia los lados, rotando los
hombros. Se sentía bien, limpio y fresco. Estaba agotado, y sabía que al día
siguiente le dolerían los músculos, pero se alegraba de haber hecho casi todo lo que
se había propuesto.
Tomó la guitarra, recordando a su padre, y pensó en lo mucho que lo echaba de
menos. Rasgueó una vez, ajustó la tensión de un par de cuerdas y volvió a
rasguear. Sonaba bien, de modo que empezó a tocar una música suave, tranquila.
Tarareó unos instantes, y comenzó a cantar mientras la noche se cerraba sobre él.
Tocó y cantó hasta que el Sol desapareció y el cielo se tiñó de negro.
Poco después de las siete dejó la guitarra, se apoyó sobre el respaldo de la silla
y comenzó a mecerse. Por pura costumbre, alzó la vista y miró a Orion, la Osa
Mayor, Géminis y la Estrella Polar, que parpadeaban en el cielo otoñal.
Comenzó a hacer cuentas mentalmente, pero enseguida se detuvo. Sabía que
había gastado casi todos sus ahorros en la casa y que pronto tendría que buscar un
empleo, pero apartó ese pensamiento de su mente y decidió disfrutar de los meses
que faltaban para terminar la restauración sin preocuparse por eso. Las cosas
saldrían bien; lo sabía, siempre era así. Además, pensar en el dinero lo aburría. Había
aprendido a disfrutar de las pequeñas cosas, de las cosas que no pueden
comprarse, y le costaba entender a la gente que veía la vida de otro modo. Otra
cualidad que había heredado de su padre.
Clem, su perra de caza, se acercó, le olfateó la mano y se tendió a sus pies.
—Hola, chica, ¿cómo estás? —le preguntó dándole una palmada en la cabeza, y
la perra gimió suavemente, mirándolo con sus ojos redondos y tiernos. Había
perdido una pata en un accidente, pero todavía se movía bastante bien y le hacía
compañía en las noches tranquilas como aquella.
Noah tenía treinta y un años, no demasiados, pero los suficientes para sentirse
solo. No había salido con nadie desde su llegada allí, pues no había conocido a
ninguna chica que lo atrajera en lo más mínimo. Algo se interponía entre él y las
mujeres que se le acercaban, algo que no estaba seguro de poder cambiar aunque
quisiera. Y a veces, poco antes de dormirse, se preguntaba si estaría condenado a
vivir solo hasta el final de sus días.
La tarde pasó, cálida, agradable. Atento al canto de los grillos y al rumor de las
hojas, Noah pensó que los sonidos de la naturaleza eran más reales y despertaban
más emociones que los de los coches o los aviones. La naturaleza da más de lo que
quita, y sus sonidos evocan la esencia del ser humano. Durante la guerra, sobre
todo después de un combate, había pensado muchas veces en aquellos sonidos
simples. «Evitarán que te vuelvas loco», le había dicho su padre el día que embarcó.
«Es la música de Dios, y te devolverá a casa.»
Terminó el té, entró en la casa, tomó un libro y encendió la luz del porche
antes de volver a salir. Se sentó otra vez y miró el libro viejo, con la cubierta rota y
las páginas manchadas de barro y agua. Era Hojas de hierba, de Walt Whitman, y se lo
había llevado con él a la guerra. En una ocasión, incluso interceptó una bala.
Sacudió la cubierta para quitarle el polvo. Luego abrió el libro en una página
al azar y leyó:
Esta es tu hora, oh alma, tu libre vuelo hacia lo
inefable,
Lejos de los libros, lejos del arte, abolido el día,
concluida la lección,
Emerges, silenciosa, contemplativa, a meditar
en los temas que más amas,
La noche, el sueño, la muerte y las estrellas.
Sonrió para sí. Por alguna razón, Whitman siempre le recordaba New Bern, y
se alegraba de haber regresado. Aunque había estado fuera catorce años, New
Bern seguía siendo su hogar, y allí conocía a mucha gente, a casi todos de sus épocas
de adolescente. No era de extrañar. Como en tantos pueblos del sur, los habitantes
de New Bern no cambiaban, simplemtente envejecían.
En la actualidad, su mejor amigo era Gus, un negro de setenta años que vivía al
final de la calle. Se habían conocido un par de semanas después que Noah
comprara la casa, cuando Gus se presentó con una botella de licor casero y un
estofado, y pasaron su primera tarde juntos emborrachándose e intercambiando
anécdotas.
Ahora Gus lo visitaba un par de noches a la semana, casi siempre a eso de las
ocho. Con cuatro hijos y doce nietos en casa, necesitaba escapar de vez en cuando, y
Noah lo entendía. Gus solía llevar su armónica consigo, y después de charlar un
rato, interpretaban algunas canciones juntos. A veces tocaban durante horas.
Había llegado a considerar a Gus como un miembro de la familia. En realidad,
tras la muerte de su padre, ocurrida un año antes, estaba solo en el mundo. Era hijo
único; su madre había muerto de gripe cuando él tenía dos años, y él nunca se
había casado, aunque en una ocasión quiso hacerlo.
Una vez había estado enamorado; de eso estaba seguro. Sólo una vez, una
única vez, mucho tiempo atrás. Y aquella experiencia lo marcó para siempre. El
amor perfecto deja huella, y el suyo había sido perfecto.
Las nubes de la costa comenzaron a desplazarse lentamente por el cielo del
atardecer, tiñéndose de plata con el reflejo de la Luna. Mientras se cerraban sobre él,
Noah echó la cabeza hacia atrás y la apoyó sobre el respaldo de la mecedora. Sus
piernas se movían mecánicamente, manteniendo un ritmo constante, y como tantas
otras veces, evocó un cálido atardecer como ése, catorce años antes.
Todo había empezado en 1932, poco después de su graduación, la primera
noche del festival de Neuse River. El pueblo entero estaba en la calle, disfrutando
de la barbacoa y los juegos de azar. Era una noche húmeda; por alguna razón,
recordaba claramente ese detalle. Había llegado solo, y mientras se abría paso entre
la multitud, buscando a algún conocido, vio a Fin y a Sarah, dos amigos de la infancia,
charlando con una desconocida. Recordó que la chica le había parecido bonita, y
que cuando finalmente se unió al grupo, lo había mirado con unos ojos brumosos
que todavía lo obsesionaban.
—Hola —dijo simplemente y le tendió la mano—. Finley me ha hablado
mucho de ti.
Un comienzo vulgar que sin duda habría olvidado si se hubiera tratado de
cualquier otra persona. Pero cuando le estrechó la mano y vio esos impresionantes
ojos color esmeralda, supo de inmediato que podría pasarse el resto de su vida
buscando una mujer semejante y no encontrarla nunca. Tan extraordinaria, tan
perfecta le pareció mientras la brisa estival soplaba entre los árboles.
A partir de ese momento, fue como si lo arrastrara un viento huracanado. Fin
dijo que ella pasaría el verano en New Bern con su familia porque su padre
trabajaba para R.J. Reynolds, y aunque él se limitó a asentir con la cabeza, la mirada
de la chica hizo que su silencio pareciera apropiado. Fin rió, porque intuía lo que
estaba pasando, y Sarah sugirió que compraran unas gaseosas y se quedaran en el
festival hasta que la gente se marchara y los puestos cerraran.
Se vieron al día siguiente, y al siguiente, y pronto se hicieron inseparables. Todas
las mañanas, excepto los domingos, cuando él tenía que ir a la iglesia, Noah
terminaba sus tareas lo antes posible, e iba directamente a Fort Totten Park, donde ella
lo esperaba. Dado que la chica acababa de llegar y nunca había estado mucho
tiempo en un pueblo pequeño, se pasaban el día haciendo cosas completamente
nuevas para ella. Noah le enseñó a enganchar el cebo al anzuelo y a pescar percas en
los bajíos, y la llevó a explorar las zonas más alejadas de Croatan Forest. Paseaban en
canoa, contemplaban las tormentas eléctricas de verano, y muy pronto fue como si
se conocieran de toda la vida.
Pero también Noah aprendió cosas nuevas. Durante el baile del pueblo, en el
granero del tabacal, ella le enseñó a bailar el vals y el charleston, y aunque al
principio él se movía con torpeza, la paciencia de la joven finalmente dio frutos y
bailaron juntos hasta la última pieza. Después Noah la acompañó a casa, y cuando
se despidieron en el porche, la besó por primera vez, preguntándose por qué había
esperado tanto. Poco después la trajo a esta casa, le enseñó las ruinas y le dijo que
algún día la compraría y la repararía. Pasaron muchas horas juntos hablando de sus
sueños —los de él, de conocer mundo; los de ella, de dedicarse al arte—, y en una
húmeda noche de agosto, los dos perdieron la virginidad. Tres semanas después,
cuando ella se marchó, se llevó consigo el resto del verano y una parte de él. A
primera hora de una lluviosa mañana, Noah la miró partir con unos ojos que no
habían dormido en toda la noche, y volvió a casa a hacer las maletas. Pasó la semana
siguiente a solas en Harkers Island.
Noah se peinó con los dedos y miró el reloj. Las ocho y doce minutos. Se
levantó, caminó hasta la parte delantera de la casa y miró a la carretera. No había
señales de Gus, y supuso que no acudiría. Volvió al porche trasero y se sentó en la
mecedora.
Recordó que había hablado de ella con Gus. Cuando la mencionó por primera
vez, Gus rió y sacudió la cabeza.
—Conque ese es el fantasma del que has estado huyendo —dijo—. Ya sabes, el
fantasma, el recuerdo. Te he visto trabajar día y noche, esclavizarte sin concederte un
respiro. La gente se comporta así por tres razones: porque está loca, es idiota, o
quiere olvidar. En tu caso, yo sabía que intentabas olvidar algo. Lo que no sabía era
qué.
Pensó en las palabras de Gus. Tenía razón, desde luego. Para Noah, New Bern
era un pueblo encantado. Encantado por el fantasma de su recuerdo. Cada vez que
pasaba por Fort Totten Park, el lugar que habían recorrido tantas veces juntos, la
veía allí. Sentada en un banco o de pie junto a las rejas de la entrada, siempre
sonriendo, con el cabello rubio sobre los hombros y los ojos del color de las
esmeraldas. Por las noches, cuando se sentaba a tocar la guitarra en el porche, la
imaginaba a su lado, escuchando en silencio las canciones de la infancia.
La misma sensación lo invadía cada vez que iba al negocio de Gastón, o al
Masonic Theatre, o simplemente cuando caminaba por el centro del pueblo.
Dondequiera que mirara, veía su imagen o veía cosas que la devolvían a la vida.
Sabía que era extraño. Noah se había criado en New Bern. Había pasado sus
primeros diecisiete años allí. Pero cuando pensaba en el pueblo, sólo parecía capaz
de recordar el último verano, el verano que habían compartido. Los demás
recuerdos eran sólo fragmentos, retazos inconexos de su infancia, y pocos, si alguno, evocaban sentimientos.
Una noche se lo contó a Gus, y su amigo no sólo lo había entendido, sino que
fue el primero en explicarle el porqué. Sencillamente había dicho:
—Mi padre decía que el primer amor te cambia la vida para siempre, y por
mucho que te empeñes, el sentimiento nunca muere del todo. La chica de la que
hablas fue tu primer amor. Y hagas lo que hicieres, te acompañará siempre.
Noah sacudió la cabeza, y cuando la imagen de su antiguo amor empezó a
desvanecerse, volvió a Whitman. Leyó durante una hora, alzando la vista de vez
en cuando para mirar a los mapaches o a las zarigüeyas que correteaban a orillas
del río. A las nueve y media cerró el libro, subió al dormitorio y apuntó en su diario
algunas observaciones personales y un recuento del trabajo hecho en la casa.
Cuarenta minutos después, dormía. Clem subió la escalera, olfateó el cuerpo
dormido de Noah y dio unas cuantas vueltas alrededor antes de acurrucarse a los
pies de la cama.
Esa misma noche, poco antes, y a ciento cincuenta kilómetros de distancia, ella
se sentó sola, con una pierna cruzada debajo del muslo, en el columpio del porche de
la casa de sus padres. El asiento estaba ligeramente húmedo; acababa de caer un
fuerte chaparrón de gotas punzantes, pero las nubes se alejaban y miró más allá de
ellas, a las estrellas, preguntándose si su decisión sería acertada. Había dudado
durante días —y seguía dudando esa noche—, pero sabía que si dejaba escapar esa
oportunidad, jamás podría perdonárselo.
Lon ignoraba la auténtica razón del viaje previsto para el día siguiente. Hacía
una semana, ella había insinuado que quería ir a echar un vistazo en algunos
negocios de antigüedades cerca de la costa.
—Sólo estaré fuera un par de días —había dicho—. Necesito tomarme un
descanso de los preparativos de la boda.
No le gustaba mentirle, pero sabía que no podía decirle la verdad. Su escapada
no tenía nada que ver con él, y no hubiera sido justo pedirle que la entendiera.
El viaje desde Raleigh fue tranquilo, duró algo más de dos horas, y llegó poco
antes de las once. Se inscribió en un pequeño hotel del centro, subió a su habitación
y deshizo la valija. Colgó los vestidos en el armario y puso todo lo demás en los
cajones. Almorzó rápidamente, pidió información a la camarera sobre los negocios
de antigüedades más cercanos y dedicó las horas siguientes a las compras. A las
cuatro y media regresó a su habitación.
Se sentó en el borde de la cama y telefoneó a Lon. Él no tenía mucho tiempo para
hablar, pues debía estar en los tribunales a las cuatro, pero antes de despedirse, ella le
dio el número del hotel y prometió llamarlo al día siguiente. Perfecto, pensó
mientras colgaba el auricular. Una conversación de rutina, nada fuera de lo
corriente. Nada que despertara sospechas.
Lo conocía desde hacía cuatro años; se habían visto por primera vez en 1942,
cuando el mundo estaba en guerra y los Estados Unidos llevaban un año en la
contienda. Todos contribuían a su manera, y ella trabajaba como voluntaria en un
hospital del centro. Allí la necesitaban y la apreciaban, pero las cosas resultaron
más complicadas de lo que había esperado. Las primeras cuadrillas de jóvenes
soldados heridos volvían a casa, y ella pasaba los días con hombres destrozados y
cuerpos mutilados. Cuando Lon, con su natural encanto, se presentó a sí mismo
durante una fiesta de Navidad, le pareció justo lo que necesitaba: alguien con fe en el
futuro y un sentido del humor capaz de ahuyentar todos sus temores.
Era atractivo, inteligente y decidido, un próspero abogado ocho años mayor
que ella, cuya pasión por el trabajo lo llevaba a ganar muchos juicios y a hacerse un
nombre en la profesión. Ella comprendía su obsesión por el éxito, pues tanto su
padre como la mayoría de los hombres de su círculo social la compartían. Lon tenía
una educación idéntica, y en la sociedad clasista del sur, los apellidos y los logros eran
la condición más importante para el matrimonio. En muchos casos, eran la única
condición.
Aunque ella se rebelaba secretamente contra esa norma desde la infancia, y
había salido con varios hombres que, en el mejor de los casos, podían ser
calificados de advenedizos, se sentía atraída por el carácter afable de Lon y poco a
poco había llegado a quererlo. A pesar de las muchas horas que dedicaba al trabajo,
era bueno con ella. Era un caballero, maduro y responsable, y durante los momentos
más difíciles de la guerra, cuando ella necesitaba a alguien que la abrazara, Lon nunca
le falló. Con él se sentía segura y amada, y por eso había aceptado su proposición de
matrimonio.
Esos recuerdos la hicieron sentir culpable por estar allí, y comprendió que
debería hacer la valija y marcharse de inmediato, antes que cambiara de idea. Ya lo
había hecho una vez, mucho tiempo antes, y estaba segura de que si volvía a
marcharse, jamás se atrevería a regresar. Tomó el bolso, titubeó un momento, y se
dirigió a la puerta. Pero la casualidad la había empujado allí, así que dejó el bolso,
sabiendo que si renunciara a sus planes, siempre se preguntaría qué habría pasado si
se hubiera quedado. Y esa incógnita no la dejaría vivir en paz.
Entró en el baño y abrió la canilla de la bañera. Después de comprobar la
temperatura del agua, regresó a la habitación y fue hacia la cómoda, quitándose los
aros de oro en el camino. Abrió el estuche del maquillaje, sacó una afeitadora y una
pastilla de jabón y se desnudó frente al espejo.
Una vez desnuda, contempló su imagen. Desde jovencita había oído decir
que era preciosa. Su cuerpo era firme y proporcionado, con los pechos suavemente
redondeados, el vientre plano, las piernas delgadas. Había heredado de su madre
los pómulos prominentes, la piel tersa y el cabello rubio, pero su mejor atributo era
sólo suyo. Como siempre decía Lon, tenía unos ojos como «las olas del mar».
Volvió al baño con la afeitadora y el jabón, cerró la canilla, dejó una toalla a
mano, y se metió con cuidado en la bañera.
Se sumergió en el agua, disfrutando de su efecto relajante. El día había sido
largo y tenía la espalda tensa, pero se alegraba de haber acabado tan pronto con las
compras. Debía volver a Raleigh con algo tangible, y las compras efectuadas
cumplirían ese cometido. Se dijo que debía informarse sobre otros negocios de la
zona de Beaufort, pero de inmediato pensó que no sería necesario. Lon nunca
dudaría de su palabra.
Tomó el jabón, se enjabonó y empezó a afeitarse las piernas. Mientras tanto,
pensó en sus padres y en lo que dirían de su conducta. Sin duda la condenarían,
en especial su madre. Ella jamás había aprobado lo ocurrido durante el verano
pasado allí, y mucho menos aprobaría esa escapada, por más explicaciones que le
diera.
Permaneció un rato más en la bañera, y finalmente salió y se secó. Abrió el
armario, buscó un vestido y optó por uno amarillo largo, ligeramente escotado,
acorde con la moda del sur. Se lo puso y dio un par de vueltas frente al espejo. La
favorecía, le daba un aspecto muy femenino, pero a último momento cambió de idea
y volvió a colgarlo en la percha.
Se decidió por un modelo menos elegante y provocativo. El vestido, de color
azul cielo, abotonado en la delantera y con puntillas, no era tan bonito como el
primero, pero le confería un aire que le pareció más apropiado.
Apenas se maquilló; sólo un toque de sombra y rímel para destacar los ojos.
Luego un poco de perfume, no demasiado. Se puso un par de aros de argolla y se
calzó las mismas sandalias sin tacón que llevaba antes. Se cepilló el cabello rubio, lo
recogió y se miró al espejo. No, pensó, era demasiado; y volvió a soltárselo. Mejor así.
Cuando hubo terminado, retrocedió unos pasos y se examinó. Estaba bien, ni
demasiado arreglada ni demasiado informal. No quería excederse. Al fin y al cabo,
no sabía con qué se iba a encontrar. Había pasado mucho tiempo —quizá demasiado
— y podían haber ocurrido muchas cosas, incluso algunas en las que prefería no
pensar.
Bajó la vista, comprobó que le temblaban las manos y se rió de sí misma. Era
curioso; nunca se ponía tan nerviosa. Al igual que Lon, siempre se mostraba como
una persona segura, incluso de pequeña. Recordaba que ocasionalmente esa
actitud le había causado problemas, sobre todo cuando salía con chicos, porque
intimidaba a la mayoría de los jóvenes de su edad.
Tomó el bolso, las llaves del coche y finalmente la de la habitación. La giró en la
mano un par de veces, pensando. Si has sido capaz de llegar hasta aquí, no te rindas
ahora. Se dirigió a la puerta, pero antes de llegar retrocedió y volvió a sentarse en la
cama. Miró el reloj. Sabía que debía marcharse pronto —quería llegar antes que
oscureciera—, pero necesitaba un poco más de tiempo.
—¡Maldita sea! —murmuró—, ¿qué hago aquí? No debería haber venido.
No hay ninguna razón. —Pero una vez que lo dijo, supo que no era así. Tenía sus
motivos. Al menos encontraría la respuesta que buscaba.
Revolvió en el bolso hasta que encontró un recorte de diario doblado. Lo sacó
despacio, casi con reverencia, con cuidado de no rasgar el papel. Lo desplegó y lo
miró fijamente unos instantes.
—Es por esto —dijo por fin—, esta es la razón.
Noah se levantó a las cinco y, fiel a su costumbre, dio un paseo en canoa por
el río. Cuando volvió, se puso la ropa de trabajo, calentó unas galletas del día
anterior, agregó un par de manzanas y acompañó el desayuno con dos tazas de
café.
Trabajó otra vez en la valla, reparando la mayoría de las estacas que lo
necesitaban. La temperatura —más de veintiséis grados— era insólita para la época, y a
mediodía estaba tan acalorado y cansado, que se alegró de poder tomarse un
descanso.
Decidió comer a orillas del río porque los salmonetes estaban saltando. Le
gustaba verlos saltar tres o cuatro veces y flotar en el aire antes de desaparecer en el
agua salobre. Por alguna razón, siempre se alegraba de que el instinto de los peces
hubiera permanecido inmutable durante miles, quizá cientos de miles, de años.
A veces se preguntaba si los instintos del ser humano habían cambiado en ese
tiempo, y siempre llegaba a la conclusión de que no. Por lo menos en los aspectos
más básicos y primitivos. Le constaba que el hombre siempre había sido agresivo,
ansioso por dominar, por controlar el mundo y todo lo que se encontraba en él. Las
guerras en Europa y en Japón daban fe de ello.
Dio por concluida la jornada de trabajo poco después de las tres y caminó
hasta un pequeño cobertizo situado cerca del desembarcadero. Entró, sacó la caña
de pescar, un par de cebos y unos cuantos grillos vivos que siempre tenía a mano,
luego salió al desembarcadero, enganchó el cebo al anzuelo y lanzó el sedal.
Siempre que salía a pescar, acababa reflexionando sobre su vida, y esa vez no
fue una excepción. Recordó que tras la muerte de su madre había vivido en una
docena de casas diferentes. En ese entonces tartamudeaba ostensiblemente y los
demás niños se burlaban de él. En consecuencia, comenzó a hablar cada vez menos
hasta que, a la edad de cinco años, se negó rotundamente a hacerlo. Cuando
empezó a ir a la escuela, los maestros lo tomaron por retrasado y recomendaron a
su padre que lo retirara de allí.
Sin embargo, su padre decidió tomar cartas en el asunto. Se ocupó de que
siguiera yendo a clase, y todas las tardes, al terminar la jornada escolar, lo llevaba al
aserradero para que lo ayudara a levantar y apilar la madera.
—Es bueno que pasemos tiempo juntos —decía mientras trabajaban codo con
codo—, como hacíamos mi padre y yo.
Durante esas horas, su padre le hablaba de pájaros y animales, o le contaba
leyendas típicas de Carolina del Norte. Unos meses después, Noah comenzó a
hablar otra vez, aunque no muy bien, y su padre decidió enseñarle a leer con
libros de poesía.
—Aprende a leer esto en voz alta y serás capaz de decir todo lo que se te
ocurra.
Una vez más, su padre tenía razón, y al cabo de un año, Noah había dejado de
tartamudear. Pero continuó yendo al aserradero todos los días, sencillamente
porque su padre estaba allí, y por las noches leía la obra de Whitman y Tennyson en
voz alta mientras su padre se hamacaba en la mecedora. Desde entonces, nunca
dejaba de leer poesía.
Cuando fue algo mayor, pasaba la mayoría de los fines de semana y las
vacaciones a solas. Exploró Croatan Forest en su primera canoa, remontando el río
Brices, y treinta kilómetros más arriba, cuando le fue imposible seguir, recorrió
andando los kilómetros que quedaban hasta la costa. Acampar y explorar se
convirtieron en su pasión, y pasaba horas en el bosque, sentado a la sombra de un
roble, silbando quedamente y tocando la guitarra para un público de castores,
gansos y garzas salvajes. Los poetas sabían que la soledad en la naturaleza, lejos de
la gente y los objetos creados por el hombre, era buena para el alma, y Noah siempre
se había identificado con los poetas.
Aunque era de temperamento tranquilo, su larga experiencia cargando pesos
en el aserradero le ayudó a destacarse en los deportes, y sus logros deportivos le
dieron popularidad. Disfrutaba con los partidos de fútbol y las competiciones de
atletismo, pero aunque la mayoría de sus compañeros de equipo pasaban juntos
también el tiempo libre, Noah rara vez se reunía con ellos. Algunos de sus amigos
lo consideraban arrogante, pero la mayoría simplemente pensaba que era más
maduro que sus contemporáneos. Tuvo algunos escarceos amorosos en el instituto,
pero ninguna chica dejó huellas en él. Salvo una. Y esa llegó después de la
graduación.
Allie. Su Allie.
Recordó que después del festival había hablado de Allie con Fin, y que su
amigo se había reído de él. Luego le hizo dos predicciones: la primera, que se
enamorarían; la segunda, que la relación no prosperaría.
Percibió un ligero tirón en el sedal y deseó que se tratara de un salmonete, pero
el movimiento cesó, y tras enrollar el sedal y comprobar que el cebo seguía allí,
volvió a lanzar…
Las dos predicciones de Fin resultaron acertadas. La mayoría de las veces,
Allie tenía que mentir a sus padres para verlo. No porque Noah no les cayera bien,
sino porque procedía de otra clase social, era demasiado pobre, y no querían que su
hija se tomara en serio a un chico como él.
—Me da igual lo que piensen mis padres, te quiero y siempre te querré —
aseguraba Allie—. Encontraremos la forma de estar juntos.
Pero al final no pudieron. A principios de septiembre, acabada la cosecha de
tabaco, ella no tuvo más remedio que volver a Winston-Salem con su familia.
—Sólo ha terminado el verano, Allie, nuestra relación no —había dicho Noah
la mañana en que ella se marchó—. Nunca terminará.
Pero lo hizo. Por razones que Noah nunca comprendería, Allie no respondió
a ninguna de las cartas que le envió.
Poco después decidió marcharse de New Bern para quitársela de la cabeza,
pero también porque corrían los tiempos de la Depresión, y resultaba casi imposible
ganarse la vida allí. Primero fue a Norfolk y trabajó seis meses en un astillero, hasta que
lo despidieron; luego se trasladó a Nueva Jersey, donde, según decían, la situación
económica era mejor.
Finalmente comenzó a trabajar en una chatarrería, separando el metal del
resto de los desperdicios. El propietario, un judío llamado Morris Goldman, estaba
empeñado en reunir la mayor cantidad posible de metal, convencido de que la
guerra en Europa era inminente y que los Estados Unidos se verían obligados a
intervenir. A Noah, sin embargo, sus motivos lo tenían sin cuidado. Simplemente se
alegraba de tener un empleo.
Su larga experiencia en el aserradero lo había preparado para esa clase de tareas,
y trabajaba duro. No sólo porque así conseguía olvidar a Allie durante el día, sino
también porque estaba convencido de que era su deber. Su padre siempre le había
dicho: «Entrega un día de trabajo por un día de paga. De lo contrario, estarás
robando». Esa actitud complacía a su jefe.
—Lástima que no seas judío —decía Goldman—, en todo lo demás eres un
muchacho excelente. —Era el mejor cumplido que podía hacer Goldman.
Seguía pensando en Allie, sobre todo por las noches. Le escribía una vez al
mes, pero nunca recibió respuesta. Por fin envió la última carta y se obligó a
aceptar el hecho de que jamás compartirían nada más que aquel verano juntos.
No obstante, ella seguía presente. Tres años después de la última carta, viajó
a Winston-Salem con la esperanza de encontrarla. Fue a su casa, descubrió que se
había mudado, y después de consultar a los vecinos, telefoneó a JRJ. La empleada que
atendió el teléfono era nueva y no reconoció el apellido, pero echó un vistazo a los
ficheros de personal. Averiguó que el padre de Allie había abandonado la empresa y
que en su ficha no figuraba ninguna dirección. Aquella fue la primera y única vez
que Noah la buscó.
Continuó trabajando para Goldman durante los ocho años siguientes. Al
principio, era uno más de los doce empleados, pero con el tiempo la empresa
prosperó y consiguió un ascenso. En 1940 dominaba el negocio y estaba al mando de
todas las operaciones, desde el control de las transacciones a la supervisión de un
equipo de treinta personas. La chatarrería se había convertido en el mayor negocio
de compra y venta de metales de la Costa Este.
En aquellos tiempos salió con varias mujeres. Tuvo una relación seria con una
de ellas, una camarera del restaurante local de intensos ojos azules y sedoso
cabello negro. Aunque el noviazgo duró dos años, nunca llegó a sentir por ella lo
mismo que por Allie.
Pero tampoco la olvidó. La chica era unos años mayor que él, y le había
enseñado las maneras de complacer a una mujer, los sitios donde tocar y besar, los
puntos donde demorarse, las palabras que debía susurrar. A veces se pasaban el
día entero en la cama, abrazados, haciendo el amor de la forma más satisfactoria
para ambos.
Ella sabía que no estarían juntos para siempre. Hacia el final de la relación, se
lo había dicho:
—Ojalá pudiera darte lo que buscas, pero no sé qué es. Ocultas una parte de ti
a todo el mundo, incluso a mí. Es como si no estuvieras conmigo. Tu mente está
con otra. —Noah quiso negarlo, pero ella no le creyó—. Soy una mujer, sé mucho
de estas cosas. A veces, cuando me miras, sé que ves a otra persona. Es como si
esperaras que ella apareciera por arte de magia y te llevara lejos de todo esto…
Un mes después, la chica fue a verlo al trabajo y le dijo que había conocido a
otro. Noah lo entendió. Se separaron como amigos, y al año siguiente ella le envió
una postal diciéndole que se había casado. No volvió a saber de ella desde
entonces.
Mientras estuvo en Nueva Jersey, visitaba a su padre una vez al año, para
Navidad. Pescaban, charlaban y de vez en cuando hacían una escapada a la costa y
acampaban en las Outer Banks, cerca de Ocracoke.
En diciembre de 1941, cuando tenía veintiséis años, estalló la guerra, tal como
había predicho Goldman. Un mes después, Noah entró en su despacho e informó a
Goldman de sus intenciones de alistarse, y luego volvió a New Bern a despedirse de
su padre. Cinco semanas más tarde estaba en el campo de entrenamiento de
reclutas. Allí recibió una carta de Goldman dándole las gracias por su trabajo, y
adjuntando un documento que le daba derecho a un pequeño porcentaje de la
chatarrería en caso de que ésta se vendiera alguna vez.
«No podría haberlo conseguido sin ti», decía la carta. «A pesar de no ser
judío, eres el mejor empleado que he tenido.»
Pasó los tres años siguientes en el tercer regimiento de Patton, recorriendo los
desiertos del norte de África y los bosques europeos con quince kilos a la espalda; su
unidad de infantería siempre estaba cerca de la acción. Vio morir a sus amigos y
asistió al entierro de varios de ellos a miles de kilómetros de la patria. En una ocasión,
cuando estaba oculto en una trinchera en las cercanías del Rin, le pareció ver a Allie
velando por él.
Recordó el final de la guerra en Europa y, unos meses más tarde, en Japón.
Poco antes de que lo licenciaran, recibió una carta de un abogado de Nueva Jersey
que representaba a Morris Goldman. Cuando se reunió con el abogado, descubrió
que Goldman había muerto un año antes y que sus bienes habían sido liquidados.
El negocio se había vendido, y Noah recibió un cheque por casi setenta mil dólares.
Inexplicablemente, el hecho no lo conmovió.
Una semana después regresó a New Bern y compró la casa. Recordaba que más
tarde había llevado a su padre a verla contándole sus planes y señalando las
reformas que se proponía hacer. Su padre estaba débil, tosía y respiraba
agitadamente. Noah se inquietó, pero el anciano le aseguró que no debía
preocuparse, que sólo tenía gripe.
Antes que transcurriera un mes, murió de neumonía y fue enterrado junto a su
esposa en el cementerio local. Noah le llevaba flores con regularidad y de vez en
cuando le dejaba una nota. Todas las noches dedicaba un momento a recordarlo y
luego rezaba una oración por el hombre que le había enseñado todo lo importante
de la vida.
Después de enrollar el sedal, guardó los aparejos de pesca y volvió a la casa. Su
vecina, Martha Shaw, estaba allí para darle las gracias. Le llevaba unas galletas y tres
hogazas de pan casero en reconocimiento por su ayuda. Su marido había muerto en la
guerra, dejándola con tres hijos y una ruinosa casa donde criarlos. Se acercaba el
invierno, y la semana anterior Noah había pasado varios días en casa de Martha,
reparando el techo, cambiando los vidrios rotos de las ventanas, sellando los demás
y arreglando la cocina de leña. Con suerte, sería suficiente para que salieran
adelante.
Cuando Martha se marchó, Noah subió a su desvencijada camioneta Dodge
y fue a ver a Gus. Siempre pasaba por allí cuando iba al negocio, porque la familia
de Gus no tenía coche. Una de las hijas subió a la camioneta e hicieron compras en el
almacén de comestibles Capers. Cuando llegó a casa, no guardó la compra de
inmediato. Se duchó, tomó una cerveza y un libro y fue a sentarse en el porche.
Allie aún no lo podía creer, aunque tenía la prueba en las manos.
La había encontrado en el diario tres domingos antes, en casa de sus padres.
Había ido a la cocina a buscar una taza de café, y al regresar a la mesa, su padre le
sonreía, enseñándole una pequeña fotografía.
—¿Te acuerdas de esto?
Le pasó el diario y, después de una primera mirada indiferente, algo en la
fotografía captó su atención y la hizo fijarse mejor.
—No puede ser —murmuró. Su padre la miró con curiosidad, pero ella no le
hizo caso. Se sentó y leyó el artículo en voz baja.
Recordaba vagamente que su madre se había sentado frente a ella, y que,
cuando por fin dejó el diario, la miraba con la misma expresión de su padre unos
minutos antes.
—¿Te sientes bien? —preguntó su madre por encima de la taza de café—. Estás
pálida.
No pudo responder de inmediato, y se percató de que le temblaban las manos.
Entonces había empezado todo.
—Y aquí terminará, de una forma u otra —murmuró otra vez. Volvió a doblar
el recorte y lo puso en su sitio, recordando que aquel día se había llevado el diario de
casa de sus padres para recortar el artículo. Había vuelto a leerlo por la noche, antes
de acostarse, buscando un sentido a la coincidencia, y también a la mañana siguiente,
para convencerse de que no se trataba de un sueño. Ahora, después de tres semanas
de largas caminatas a solas, después de tres semanas de confusión, ese artículo la
había empujado allí.
Cuando la interrogaban, atribuía su extraña conducta al estrés. Era la excusa
perfecta; todo el mundo lo entendía, incluido Lon, que por eso no había puesto
ninguna objeción cuando ella dijo que necesitaba marcharse un par de días. La
organización de la boda era causa de estrés para todos los interesados. Habían
invitado a quinientas personas, entre ellas al gobernador, a un senador y al
embajador del Perú. En su opinión, era demasiado, pero su compromiso acaparaba
las páginas de sociedad de todas las publicaciones desde el día en que anunciaron la
boda, seis meses antes. A veces tenía la tentación de huir con Lon y casarse en
secreto, sin tanto alboroto. Pero sabía que él no lo aceptaría; como buen aspirante
a político, le encantaba ser el centro de atención.
Respiró hondo y volvió a ponerse de pie.
—Ahora o nunca —murmuró, tomó sus cosas y se dirigió a la puerta. Se detuvo
un instante antes de abrirla y bajar al vestíbulo. El gerente del hotel le sonrió al
pasar, y sintió sus ojos clavados en su espalda mientras salía en dirección al coche. Se
sentó al volante, se echó un último vistazo en el retrovisor, puso el coche en marcha
y giró a la derecha por la calle principal.
No la sorprendió la claridad con que recordaba las calles del pueblo. Aunque
hacía años que no iba por allí, era un sitio pequeño y resultaba fácil orientarse.
Después de cruzar el río Trent por un anticuado puente levadizo, giró por un
camino de grava e inició el último tramo del viaje.
El paisaje era hermoso, como siempre. A diferencia de la zona de Piedmont,
donde se había criado, el terreno era llano, pero tenía el mismo suelo fértil,
húmedo, ideal para el cultivo del algodón y el tabaco. Esos dos cultivos y la madera
eran la principal fuente de riqueza de esa parte del Estado; y mientras se alejaba del
pueblo, admiró la belleza que en un pasado lejano había atraído a esa región a los
primeros colonos.
Para ella, nada había cambiado. La luz del sol se filtraba entre las ramas de los
robles y los nogales de tres metros de altura, iluminando los colores del otoño. A su
izquierda, un río del color del acero giraba hacia la carretera y luego hacia el lado
contrario, antes de morir en otro río más caudaloso, a un kilómetro y medio de allí.
El camino de grava también seguía un curso sinuoso entre fincas construidas antes
de la guerra civil, y Allie sabía que para algunos de los granjeros la vida no había
cambiado desde la época de sus abuelos. La inmutabilidad del paisaje desató un
torrente de recuerdos, y Allie sintió un nudo en el estómago al reconocer, uno a uno,
los lugares que creía olvidados.
El sol se alzaba a la izquierda, sobre las copas de los árboles, y al torcer por una
curva pasó junto a una vieja iglesia, abandonada desde hacía años, pero todavía en
pie. Aquel verano la había explorado en busca de vestigios de la Guerra Civil, y al
pasar junto a ella, los recuerdos de aquel día se hicieron más vivos, como si sólo
hubieran pasado veinticuatro horas.
Poco después avistó un majestuoso roble a orillas del río, y los recuerdos se
intensificaron. Tenía el mismo aspecto de entonces: las ramas bajas y gruesas se
extendían horizontalmente, paralelas al suelo, envueltas en un velo de musgo negro.
Recordó un caluroso día de julio, cuando estaba sentada debajo de aquel árbol junto
a alguien que la miraba con una pasión capaz de hacerle olvidar el resto del
mundo. Entonces se había enamorado por primera vez.
Él tenía dos años más que ella, y mientras conducía por la carretera en una
especie de viaje en el tiempo, su imagen se volvió nítida otra vez. Entonces había
pensado que aparentaba más años de los que tenía. Su aspecto era el de un hombre
ligeramente curtido, como un campesino que vuelve a casa después de muchas
horas en el campo. Tenía las manos encallecidas y los hombros fornidos de los que
trabajan duro para ganarse la vida, y finas arrugas incipientes comenzaban a
dibujarse alrededor de aquellos ojos que parecían leer todos sus pensamientos.
Era alto, fuerte, atractivo a su manera, y tenía el cabello castaño claro, pero lo
que mejor recordaba era su voz. Aquel día había leído para ella; mientras estaba
tendida en la hierba a la sombra del árbol, le había leído con una voz suave y fluida,
casi musical. Era una voz digna de un locutor de radio, y cuando leía, parecía
quedar suspendida en el aire. Recordó que había cerrado los ojos, escuchando con
atención, permitiendo que las palabras llegaran a su alma:
Me atrae, lisonjero, hacia la niebla, hacia el crepúsculo.
Me alejo como el viento, sacudo mis blancos rizos bajo el sol fugitivo…
Hojeaba libros viejos, con las puntas de las páginas gastadas y dobladas, libros
que había leído centenares de veces. Después de leer un rato, hacía una pausa para
charlar. Ella le confiaba sus deseos —sus esperanzas y aspiraciones para el futuro—,
él escuchaba con atención y prometía hacer todo lo posible para que sus sueños se
hicieran realidad. Lo decía de tal forma que era imposible ponerlo en duda, y ya
entonces sospechaba cuánto significaría aquel muchacho en su vida.
Ocasionalmente, cuando ella lo interrogaba, él hablaba de sí mismo, o le explicaba
por qué había elegido un poema en particular y qué pensamientos le inspiraba;
otras veces se limitaba a mirarla con su habitual intensidad.
Aquel día contemplaron la puesta de sol y cenaron bajo las estrellas. Se hacía
tarde, y ella sabía que sus padres se pondrían furiosos si descubrían dónde había
estado. Pero en aquel momento no le importaba. Sólo podía pensar en lo especial
que había sido el día, en lo especial que era él. Unos minutos después, mientras la
acompañaba a casa, el chico le dio la mano y su calidez la abrigó durante todo el
camino.
Después de otra curva, finalmente vio la casa. Había cambiado radicalmente. Al
aproximarse redujo la velocidad y giró por el largo camino de tierra, flanqueado de
árboles, que la conduciría a su norte, al faro que la había convocado desde Raleigh.
Condujo despacio, mirando la casa, y cuando lo vio en el porche, con la vista fija
en el coche, respiró hondo. Llevaba ropas informales. Desde esa distancia, se lo veía
exactamente igual que entonces. Por un instante, con la luz del Sol a su espalda, su
silueta pareció desdibujarse y fundirse con el paisaje.
El coche continuó avanzando lentamente y por fin se detuvo debajo de un
roble que arrojaba su sombra sobre la parte delantera de la casa. Giró la llave del coche
sin quitarle los ojos de encima, y el motor paró con un chasquido entrecortado.
Él salió del porche y se aproximó a ella, andando con aire despreocupado,
pero se detuvo en seco al verla bajar del coche. Durante un largo instante no hicieron
más que mirarse el uno al otro sin moverse.
Allison Nelson, ventinueve años, prometida para casarse, una mujer de la alta
sociedad en busca de respuestas, y Noah Calhoun, treinta y un años, un soñador
visitado por el fantasma que había llegado a dominar su vida.

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