
Título
LA CHICA DEL TREN
Autor
Paula Hawkins
Año
2021
Páginas
496
Idioma
Español
Editorial
Planeta
Categorías
Etiquetas
Resumen
La chica del tren nos cuenta la historia de Rachel, una mujer con mil conflictos internos a cuestas, con problemas que retumban día a día en su cabeza, con un pasado que la persigue y la atormenta, con una vida que no la alimenta, sino que se la va tragando a cada segundo. En la rutina diaria hacia el trabajo, Rachel toma el tren hacia Londres, y en ese trayecto, va formándose un cuento de hadas alrededor de una pareja que ve detrás del vidrio, va construyendo párrafos en la novela de amor de Jason y Jess, va creando memorias y recuerdos al respecto, sin sospechar siquiera, que más pronto que tarde, ella se convertirá en actriz principal en esa historia.
FRAGMENTO
RACHEL
Viernes, 5 de julio de 2013
Mañana
Hay una pila de ropa a un lado de las vías del tren. Una prenda de color azul cielo
—una camisa, quizá—, mezclada con otra de color blanco sucio. Seguramente no
es más que basura que alguien ha tirado a los arbustos que bordean las vías.
Puede que la hay an dejado los ingenieros que trabajan en esta parte del trayecto,
suelen venir por aquí. O quizá es otra cosa. Mi madre solía decirme que tenía una
imaginación hiperactiva; Tom también me lo decía. No puedo evitarlo, veo estos
restos de ropa, una camiseta sucia o un zapato solitario, y sólo puedo pensar en el
otro zapato, y en los pies que los llevaban.
El tren se vuelve a poner en marcha con una estridente sacudida, la pequeña
pila de ropa desaparece de mi vista y seguimos el trayecto en dirección a
Londres con el enérgico paso de un corredor. Alguien en el asiento de atrás
exhala un suspiro de impotente irritación; el lento tren de las 8.04 que va de
Ashbury a Euston puede poner a prueba la paciencia del viajero más
experimentado. El viaje debería durar cincuenta y cuatro minutos, pero rara vez
lo hace: esta sección de las vías es antigua y decrépita, y está asediada por
problemas de señalización e interminables trabajos de ingeniería.
El tren sigue avanzando poco a poco y pasa por delante de almacenes, torres
de agua, puentes y cobertizos. También de modestas casas victorianas con la
espalda vuelta a las vías.
Con la cabeza apoyada en la ventanilla del vagón, veo pasar estas casas como
si se tratara del travelling de una película. Nadie más las ve así; seguramente, ni
siquiera sus propietarios las ven desde esta perspectiva. Dos veces al día, sólo por
un momento, tengo la posibilidad de echar un vistazo a otras vidas. Hay algo
reconfortante en el hecho de ver a personas desconocidas en la seguridad de sus
casas.
Suena el móvil de alguien; una melodía incongruentemente alegre y
animada. Tardan en contestar y sigue sonando durante un rato. También puedo
oír cómo los demás viajeros cambian de posición en sus asientos, pasan las
páginas de sus periódicos o teclean en su ordenador. El tren da unas sacudidas y
se bambolea al tomar la curva, y luego ralentiza la marcha al acercarse a un
semáforo en rojo. Intento no levantar la mirada y leer el periódico gratuito que
me dieron al entrar en la estación, pero las palabras no son más que un borrón,
nada retiene mi interés. En mi cabeza, sigo viendo esa pequeña pila de ropa
tirada a un lado de las vías, abandonada.
Tarde
El gin-tonic premezclado burbujea en el borde de la lata y yo me la llevo a los
labios y le doy un sorbo. Agrio y frío. Es el sabor de mis primeras vacaciones
con Tom. En 2005 fuimos a un pueblo de pescadores en la costa del País Vasco.
Por las mañanas, nadábamos ochocientos metros hasta la pequeña isla de la
bahía y hacíamos el amor en ocultas playas secretas. Por las tardes, nos
sentábamos en un bar y bebíamos cargados y amargos gin-tonics mientras
observábamos los partidos de fútbol de veinticinco personas por equipo que la
gente jugaba aprovechando la marea baja.
Doy otro sorbo al gin-tonic, y luego otro: ya casi me he terminado la lata,
pero no pasa nada, llevo tres más en la bolsa de plástico que descansa a mis pies.
Es viernes, así que no tengo por qué sentirme culpable por beber en el tren. Por
fin es viernes. La diversión comienza aquí.
Este fin de semana va a hacer un tiempo maravilloso. Eso es lo que han
dicho. Sol radiante, cielos despejados. En los viejos tiempos, quizá habríamos ido
a Corly Wood con comida y periódicos y nos habríamos pasado toda la tarde
tumbados en una manta, bebiendo vino bajo la moteada luz del sol. O habríamos
hecho una barbacoa con amigos. O tal vez habríamos ido al The Rose, nos
habríamos sentado en la terraza y habríamos dejado pasar la tarde con los rostros
encendidos a causa del sol y del alcohol. Luego habríamos regresado paseando a
casa cogidos del brazo y nos habríamos quedado dormidos en el sofá.
Sol radiante, cielos despejados, nadie con quien jugar, nada que hacer. Vivir
tal y como lo hago hoy día resulta más duro en verano, cuando hay tantas horas
de sol y tan escaso es el refugio de la oscuridad; cuando todo el mundo está en la
calle, mostrándose flagrante y agresivamente feliz. Resulta agotador y una se
siente mal por no unirse a los demás.
El fin de semana se extiende ante mí, cuarenta y ocho horas vacías para
ocupar. Me vuelvo a llevar la lata a los labios, pero ya no queda una sola gota.
Lunes, 8 de julio de 2013
Mañana
Es un alivio estar de vuelta en el tren de las 8.04. No es que me muera de ganas
de llegar a Londres para comenzar la semana. De hecho, no tengo ningún interés
en particular por estar en Londres. Sólo quiero reclinarme en el suave y mullido
asiento de velvetón y sentir la calidez de la luz del sol que entra por la ventanilla,
el constante balanceo del vagón y el reconfortante ritmo de las ruedas en los
raíles. Prefiero estar aquí, mirando las casas que hay junto a las vías, que en casi
ningún otro lugar.
Aproximadamente a medio camino de mi trayecto, hay un semáforo
defectuoso. O, al menos, creo que está defectuoso, pues casi siempre está en
rojo. La mayor parte de los días nos detenemos en él, a veces unos pocos
segundos, otras durante minutos. Cuando voy en el vagón D —cosa que
normalmente hago— y el tren se detiene en este semáforo —cosa que
acostumbra hacer—, puedo ver perfectamente mi casa favorita de las que están
junto a las vías: la del número 15.
La casa del número 15 es muy parecida a las demás casas que hay en este
tramo de las vías: una casa adosada victoriana de dos plantas, con un estrecho y
cuidado jardín que se extiende unos seis metros hasta la cerca, más allá de la
cual hay unos pocos metros de tierra de nadie antes de llegar a las vías del tren.
Conozco esta casa de memoria. Conozco todos sus ladrillos, el color de las
cortinas del dormitorio del piso de arriba (beis, con un estampado azul oscuro),
los desconchados de la pintura que hay en el marco de la ventanilla del cuarto de
baño y las cuatro tejas que faltan en una sección del lado derecho del tejado.
También sé que a veces, en las cálidas tardes de verano, los ocupantes de esta
casa, Jason y Jess, salen por la ventana de guillotina para sentarse en la terraza
que han improvisado sobre el tejado de la extensión de la cocina. Se trata de una
pareja perfecta. Él es moreno y fornido. Parece fuerte, protector y amable.
Tiene una gran sonrisa. Ella es una de esas mujeres pequeñas como un pajarillo,
muy guapa, de piel pálida y pelo rubio muy corto. La estructura ósea de su rostro
le permite llevarlo así: prominentes pómulos salpicados de pecas y marcada
mandíbula.
Mientras estamos parados en el semáforo en rojo, echo un vistazo por si los
veo. Por las mañanas, Jess suele estar en el jardín tomando café, sobre todo en
verano. A veces, cuando la veo ahí, tengo la sensación de que ella también me ve
a mí y me entran ganas de saludarla. Soy excesivamente consciente de mí
misma. A Jason no lo veo tan a menudo porque suele estar de viaje de trabajo.
Pero incluso si no están en casa, suelo pensar en lo que deben de estar haciendo.
Esta mañana puede que se hayan tomado el día libre y ella esté tumbada en la
cama mientras él prepara el desay uno, o quizá se han ido a correr juntos, porque
ése es el tipo de cosas que hacen. (Tom y yo solíamos salir a correr juntos los
domingos; yo lo hacía a un ritmo un poco más rápido de lo habitual en mí y él
mucho más lento, así podíamos ir los dos juntos). Tal vez Jess está en la
habitación de sobra del piso de arriba, pintando, o quizá están duchándose juntos,
ella con las manos contra las baldosas y él sujetándola por las caderas.
Tarde
Volviéndome levemente hacia la ventanilla para darle la espalda al resto del
vagón, abro una de las pequeñas botellas de Chenin Blanc que compré en la
estación de Euston. No está fría, pero servirá. Tras verter un poco de vino en un
vaso de plástico, vuelvo a cerrar la botella y la guardo en el bolso. Los lunes no es
tan aceptable beber en el tren a no ser que lo hagas en compañía, y éste no es mi
caso.
En estos trenes hay rostros familiares, gente que veo todas las semanas yendo
de un lado para otro. Los reconozco y seguramente ellos me reconocen a mí. Lo
que no sé es si me ven tal y como realmente soy.
Es una tarde magnífica. Cálida, pero no demasiado. El sol ha iniciado su
perezoso descenso y las sombras se alargan y la luz comienza a teñir de dorado
los árboles. El traqueteante tren sigue adelante y pasamos frente a la casa de
Jason y Jess, apenas un borrón bajo la luz vespertina. En ocasiones, no muy a
menudo, puedo verlos desde este lado de las vías. Si no hay ningún tren en la
dirección opuesta, a veces llego a vislumbrarlos en la terraza. Si no —como hoy
—, me limito a imaginar lo que estarán haciendo. Jess sentada en la terraza con
los pies sobre la mesa, con un vaso de vino en la mano y Jason detrás de ella, con
las manos en sus hombros. Imagino el tacto y el peso de las manos de él,
reconfortantes y protectoras. A veces me sorprendo a mí misma recordando la
última vez que tuve un contacto físico significativo con otra persona, sólo un
abrazo o un cordial apretón de manos, y siento una punzada en el corazón.
Martes, 9 de julio de 2013
Mañana
La pila de ropa de la semana pasada sigue ahí, y todavía parece más polvorienta
y solitaria que hace unos días. Leí en algún lugar que un tren puede arrancarte la
ropa al impactar con tu cuerpo. No es tan inusual, morir atropellada por un tren.
Dicen que sucede unas doscientas o trescientas veces al año; es decir, al menos
uno de cada dos días. No estoy segura de cuántas de estas muertes son
accidentales. Al pasar lentamente junto a la ropa, miro si hay algún resto de
sangre, pero no veo ninguno.
Como es habitual, el tren se detiene en el semáforo y veo a Jess en el patio,
de pie delante de las puertas correderas. Lleva un vestido con un estampado de
color claro y los pies desnudos. Está mirando hacia la casa por encima del
hombro. Es probable que esté hablando con Jason, que estará preparando el
desay uno. Mientras el tren se vuelve a poner en marcha, mantengo la mirada
puesta en Jess. No quiero ver las otras casas; en particular, no quiero ver la que
hay cuatro puertas más abajo, la que era mía.
Viví en el número 23 de Blenheim Road durante cinco años, un periodo
dichosamente feliz y absolutamente desgraciado. Ahora no puedo mirarla. Fue
mi primera casa. No la de mis padres ni un piso compartido con otros estudiantes:
mi primera casa. Ahora no soporto mirarla. Bueno, sí puedo, lo hago, quiero
hacerlo, no quiero hacerlo, intento no hacerlo. Cada día, me digo a mí misma que
no debo mirarla y cada día lo hago. No puedo evitarlo, a pesar de que ahí no hay
nada que quiera ver y de que todo lo que vea me dolerá; a pesar de que recuerdo
claramente cómo me sentí la vez que la miré y advertí que el estor de color
crema del dormitorio del piso de arriba había sido reemplazado por algo de un
infantil color rosa pálido; a pesar de que todavía recuerdo el dolor que sentí
cuando, al ver a Anna regando los rosales de la cerca, reparé en su prominente
barriga de embarazada debajo de la camiseta y me mordí el labio con tal fuerza
que me hice sangre.
Cierro los ojos y cuento hasta diez, quince, veinte. Ya está, ya ha pasado, ya
no hay nada que ver. Entramos en la estación de Witney y luego volvemos a salir
y el tren comienza a ganar velocidad a medida que los suburbios dan paso al
sucio norte de Londres y las casas con terraza son reemplazadas por puentes
llenos de grafitis y edificios vacíos con las ventanas rotas. Cuanto más cerca
estamos de Euston, más inquieta me siento. Aumenta la presión: ¿qué tal será el
día de hoy ? Unos quinientos metros antes de que lleguemos a Euston, en el lado
derecho de las vías, hay un sucio edificio bajo de hormigón. En un lateral,
alguien ha pintado: « LA VIDA NO ES UN PÁRRAFO» . Pienso en la pila de
ropa a un lado de las vías y siento un nudo en la garganta. La vida no es un
párrafo y la muerte no es un paréntesis.
Tarde
El tren que cojo por la tarde, el de las 17.56, es un poco más lento que el de la
mañana: tarda una hora y un minuto, siete minutos más que el de la mañana, a
pesar de que no se detiene en ninguna otra estación. No me importa. Del mismo
modo que no tengo ninguna prisa por llegar a Londres por las mañanas, tampoco
la tengo por llegar a Ashbury por las tardes. Y no sólo porque se trate de
Ashbury, aunque sin duda es un lugar suficientemente malo. Este pueblo, creado
en los sesenta y que se extiende como un tumor por el centro de
Buckinghamshire, no es ni mejor ni peor que docenas de poblaciones similares:
un centro plagado de cafeterías, tiendas de móviles y sucursales de JD Sports,
rodeado de suburbios y, más allá de éstos, el reino de los cines multiplex y los
grandes almacenes Tesco. Yo vivo en un edificio más o menos elegante y más o
menos nuevo situado en el punto en el que el centro comercial del pueblo
comienza a dar paso a las afueras residenciales, pero no es mi hogar. Mi hogar es
la casa adosada victoriana de las vías, de la que era copropietaria. En Ashbury no
soy propietaria de nada, ni tampoco arrendataria, sino una mera huésped del
pequeño segundo dormitorio del insulso e inofensivo dúplex de Cathy, a cuya
buena voluntad estoy sujeta.
Cathy y y o éramos amigas en la universidad. Medio amigas, en realidad;
nuestra relación nunca llegó a ser tan estrecha. El primer año, vivía al otro lado
del pasillo y hacíamos el mismo curso, de modo que surgió una alianza natural en
esas amedrentadoras primeras semanas en las que todavía no habíamos conocido
a gente con la que teníamos más cosas en común. Ya no nos solíamos ver
demasiado una vez pasado ese primer año, y prácticamente nada después de la
universidad salvo en alguna boda ocasional. Sin embargo, cuando me encontré en
apuros resultó que ella tenía una habitación de sobra disponible y me pareció una
opción aceptable. Yo estaba convencida de que sólo sería por un par de meses,
seis a lo sumo, y no sabía qué otra cosa hacer. Nunca había vivido sola; había
pasado de vivir en casa de mis padres a hacerlo en una residencia y luego con
Tom. La idea, pues, me resultaba abrumadora, así que finalmente acepté la
oferta de Cathy. De eso y a casi hace dos años.
No es tan horrible. Cathy es una buena persona de un modo incluso
impositivo. Se asegura de que seas consciente de su bondad. Su bondad es
palpable, se trata de su rasgo definitorio, y necesita que se le reconozca con
frecuencia, casi a diario. Eso puede resultar agotador, pero en el fondo no es tan
malo, se me ocurren peores cosas en una compañera de piso. No, lo que más me
molesta de mi nueva situación (todavía me parece nueva, aunque y a hayan
pasado dos años) no es Cathy, ni tampoco Ashbury, sino la pérdida de control. En
el apartamento de Cathy siempre me siento como una invitada no especialmente
bienvenida. Es algo que percibo en la cocina, donde a duras penas cabemos
cuando ambas hacemos la cena a la vez, o en el sofá cuando me acomodo a su
lado (ella aferrada al mando a distancia). El único espacio que siento mío es mi
diminuto dormitorio, ocupado casi por entero por una cama doble y un escritorio
y sin apenas espacio entre ellos para poder caminar. Es lo bastante cómodo, pero
no es un lugar en el que apetezca pasar el rato, de modo que suelo estar en el
salón o en la mesa de la cocina, sintiéndome incómoda e impotente. He perdido
el control de todo, incluso de los lugares que visito mentalmente.
Miércoles, 10 de julio de 2013
Mañana
Cada vez hace más calor. Apenas son las ocho y media y el calor ya aprieta y la
humedad es altísima. Me gustaría que cay era una tormenta, pero hoy el cielo es
de un insolente, pálido y acuoso azul. Me seco el sudor del labio superior.
Desearía haberme acordado de comprar una botella de agua.
Esta mañana no veo a Jason y a Jess y siento una profunda decepción. Es una
tontería, ya lo sé. Observo atentamente la casa, pero no se ve nada. Las cortinas
de la planta baja están descorridas pero las puertas correderas están cerradas y
la luz del sol se refleja en el cristal. La ventana de guillotina del piso de arriba
también está cerrada. Jason debe de estar fuera por trabajo. Es médico, creo;
seguramente trabaja en una de esas organizaciones que operan en el extranjero.
Está siempre de guardia, con la bolsa preparada en el estante superior del
armario. Cuando hay un terremoto en Irán o un tsunami en Asia, él lo deja todo,
coge su bolsa y al cabo de unos minutos ya está en Heathrow, preparado para
volar y salvar vidas.
En cuanto a Jess y sus atrevidos estampados, sus zapatillas de deporte
Converse, su belleza y su presencia, trabaja en la industria de la moda. O quizá
en el negocio de la música, o en publicidad; también podría ser estilista o
fotógrafa. Y además, pinta bien. Tiene una marcada vena artística. Ya la imagino
en la habitación de sobra del piso de arriba, con la música a todo volumen, las
ventanas abiertas, un pincel en la mano y un enorme lienzo apoy ado en la pared.
Estará ahí hasta medianoche; Jason sabe que no debe molestarla mientras está
trabajando.
En realidad no puedo verla, claro está. No sé si pinta ni si Jason se ríe mucho
ni tampoco si Jess tiene los pómulos marcados. Desde aquí, no puedo ver su
estructura ósea y nunca he oído la voz de Jason. Ni siquiera los he visto nunca de
cerca: cuando yo vivía en esa calle ellos todavía no vivían ahí. No sé
exactamente cuándo se trasladaron. Creo que comencé a reparar en ellos hará
cosa de un año y, poco a poco, a medida que fueron pasando los meses, se fueron
volviendo cada vez más importantes para mí.
Tampoco conozco sus nombres, así que tuve que inventármelos. Jason, porque
es tan atractivo como una estrella de cine británica; no en plan Depp ni Pitt, sino
más bien Firth, o Jason Isaacs. Y Jess simplemente porque queda bien con Jason
y a ella le pega. Hace juego con lo guapa y despreocupada que parece. Son un
dueto, un equipo. Y son felices, lo noto. Son lo que y o era, son Tom y y o hace
cinco años. Son lo que perdí, son todo lo que quiero ser.
Tarde
La camisa me va demasiado pequeña —los botones del pecho parecen a punto
de reventar— y unas amplias manchas de sudor son visibles bajo las axilas. Me
escuecen los ojos y la garganta. Esta tarde no quiero que el viaje se alargue;
quiero llegar cuanto antes a casa, desvestirme y meterme en la ducha, donde
nadie pueda verme.
Me quedo mirando al hombre que va sentado delante de mí. Es más o menos
de mi edad, unos treinta y pocos años, y tiene el pelo moreno y las sienes
canosas. Piel cetrina. Va trajeado, pero se ha quitado la americana y la ha
colgado en el respaldo del asiento de al lado. Un MacBook delgado como un
papel descansa sobre su regazo. Teclea despacio. En la muñeca derecha lleva un
reloj plateado con una esfera de gran tamaño; parece caro, quizá un Breitling. No
deja de mordisquearse el interior de la mejilla. Puede que esté nervioso. O quizá
profundamente concentrado. Escribiendo un importante email a un colega de la
oficina de Nueva York, o redactando con cuidado un mensaje de ruptura a su
novia. De repente, levanta la mirada y me repasa de arriba abajo sin dejar de
reparar en la pequeña botella de vino que hay en la mesilla. Luego aparta la
mirada. Algo en el rictus de su boca sugiere aversión. Me encuentra repulsiva.
No soy la misma chica de antes. Ya no soy deseable. Resulto más bien
desagradable. No es sólo que hay a engordado un poco, ni que tenga el rostro
hinchado por la bebida y la falta de sueño; es como si la gente pudiera ver el
dolor escrito en todo mi cuerpo; es visible en mi cara, en mi postura, en mis
movimientos.
Una noche de la semana pasada, salí de mi habitación para tomar un vaso de
agua y, sin querer, oí a Cathy hablando con Damien, su novio, en el salón.
« Estoy realmente preocupada con ella. No ay uda el hecho de que esté siempre
sola» . Y luego añadió: « ¿No conocerás a alguien en tu trabajo, o quizá en el club
de rugby ?» . A lo que Damien le contestó: « ¿Para Rachel? No pretendo ser
gracioso, Cath, pero no estoy seguro de conocer a nadie tan desesperado» .
Jueves, 11 de julio de 2013
Mañana
No dejo de toquetear la tirita que llevo en el dedo índice. Esta mañana he lavado
la taza del café con ella puesta, de modo que todavía está mojada. Y también
sucia a pesar de que antes estaba limpia. No quiero quitármela porque el corte es
profundo. Cuando llegué ay er por la tarde, Cathy no estaba en casa de modo que
fui a la licorería y compré un par de botellas de vino. Me bebí la primera y luego
se me ocurrió aprovechar el hecho de estar sola y decidí hacerme un filete con
salsa de cebollas rojas y una ensalada verde. Una comida buena y sana.
Mientras cortaba las cebollas me hice un corte en la punta del dedo, así que fui al
cuarto de baño para limpiarme la herida y luego a la habitación a tumbarme un
rato. Debí de olvidarme de todo y quedarme dormida, porque me desperté sobre
las diez y Cathy y Damien estaban hablando. Él decía lo mal que le parecía que
yo hubiera dejado la cocina así. Cathy subió a verme. Tras llamar con suavidad
a la puerta, la abrió ligeramente, asomó la cabeza ladeándola un poco y me
preguntó si estaba bien. Yo le pedí disculpas sin estar segura de por qué lo hacía.
Ella dijo que no pasaba nada, pero que si no me importaba limpiar un poco la
cocina. Había sangre en la tabla de cortar, la cocina olía a carne cruda y el filete
se estaba volviendo gris sobre la encimera. Damien ni siquiera me dijo hola, se
limitó a negar con la cabeza al verme y se marchó al dormitorio de Cathy.
Cuando ambos se hubieron ido a la cama, recordé que todavía no me había
bebido la segunda botella, de modo que la abrí. Me senté en el sofá y puse la
televisión con el sonido muy bajo para que no la oyeran. No recuerdo qué estaba
viendo, pero en un momento dado me debí de sentir sola, o feliz, o algo, porque
quería hablar con alguien. La necesidad debía de ser abrumadora y no había
nadie a quien pudiera llamar salvo Tom.
No hay nadie con quien quiera hablar salvo Tom. El registro de llamadas de
mi móvil indica que le llamé cuatro veces: a las 23.02, las 23.12, las 23.54 y las
00.09. A juzgar por la duración de las llamadas, dejé dos mensajes. Puede que él
incluso llegara a descolgar el teléfono, pero no recuerdo haber hablado con él. Sí
recuerdo dejar el primer mensaje; creo que sólo le pedía que me llamara. Eso
debió de ser lo que dije en ambos, lo cual tampoco es tan malo.
Al llegar al semáforo en rojo, el tren se detiene con una sacudida y levanto la
mirada. Jess está sentada en el patio, bebiendo una taza de café. Tiene los pies
encima de la mesa y toma el sol con la cabeza echada hacia atrás. Detrás de
ella, creo ver la sombra de alguien moviéndose: Jason. Me muero de ganas de
vislumbrar su atractivo rostro. Quiero que salga afuera y, tal y como suele hacer,
se coloque detrás de ella y le bese en la coronilla.
Él no sale y, en un momento dado, ella levanta la cabeza. Hay algo en sus
movimientos que parece distinto; son más pesados, como si alguien tirara de sus
extremidades hacia abajo. Espero que Jason salga, pero el tren se pone en
marcha con una sacudida y comienza a avanzar sin que dé ninguna señal; Jess
está sola. Y, de repente, me sorprendo a mí misma mirando directamente mi
casa, incapaz de apartar la vista. Los ventanales están abiertos de par en par y la
luz entra en la cocina. No sé si lo estoy viendo de verdad o son imaginaciones
mías. ¿Está ella lavando los platos? ¿Hay una niña pequeña sentada en la
mecedora para bebé que descansa sobre la mesa de la cocina?
Cierro los ojos y dejo que la oscuridad se extienda hasta que pasa de ser una
sensación de tristeza a algo peor: un recuerdo, un flashback. No sólo le pedí que
me devolviera la llamada. Ahora también recuerdo que lloraba y que le dije que
lo quería y que siempre lo haría. « Por favor, Tom, por favor, necesito hablar
contigo. Te echo de menos» . No no no no no no no.
He de aceptarlo, de nada sirve intentar no pensar en ello. Me voy a sentir
fatal todo el día. Las oleadas —fuertes, luego más débiles y luego más fuertes
otra vez— me provocarán un nudo en la boca del estómago, la zozobra de la
vergüenza y un repentino calor en el rostro y y o me limitaré a cerrar con fuerza
los ojos como si de ese modo pudiera conseguir que desapareciera todo. Mientras
tanto, no dejaré de decirme que, al fin y al cabo, tampoco es lo peor que he
hecho. No es como si me hubiera caído en público, o le hubiera gritado a un
desconocido en la calle. Tampoco como si hubiera humillado a mi marido
durante una barbacoa veraniega al insultar a gritos a la esposa de uno de sus
amigos. Ni como si nos hubiéramos peleado una noche en casa, hubiera ido a por
él con un palo de golf y hubiera abierto un boquete en la pared del pasillo. Ni
como si hubiera vuelto con paso tambaleante a la oficina después de un almuerzo
de tres horas y que todo el mundo me mirara y luego Martin Miles me hubiera
llevado a un lado y me hubiera dicho: « Creo que deberías irte a casa, Rachel» .
Una vez leí el libro de una exalcohólica en el que contaba que les había
practicado una felación a dos hombres que acababa de conocer en el restaurante
de una abarrotada calle de Londres. Cuando lo leí, pensé que y o no estaba tan
mal. Ahí es donde pongo el límite.
Tarde
He estado pensando en Jess todo el día y no he podido concentrarme en nada
salvo en lo que he visto esta mañana. ¿Qué es lo que me ha hecho pensar que
algo iba mal? A esa distancia no podía verla bien, pero he tenido la sensación de
que estaba sola. Más que sola: abandonada. Quizá efectivamente lo estaba, quizá
él ha viajado a uno de esos países calurosos a los que acude para salvar vidas. Y
ella lo echa de menos y se preocupa aunque sepa que él tiene que ir.
Claro que lo echa de menos, igual que y o. Jason es amable y fuerte, todo lo
que un marido debería ser. Y los dos forman un auténtico equipo, puedo verlo, lo
sé. La fuerza de Jason, la actitud protectora que irradia, no quiere decir que ella
sea débil. Ella es fuerte de otro modo: las conexiones intelectuales que realiza lo
dejan a él con la boca abierta de admiración; es capaz de diseccionar el meollo
de un problema y analizarlo en el tiempo que otras personas tardan en decir
buenos días. En las fiestas, él suele cogerla de la mano aunque hace años que
están juntos. Se respetan mutuamente, jamás infravaloran al otro.
Esta tarde me siento agotada. Estoy completamente sobria. Algunos días me
muero por beber; otros soy incapaz. Hoy, la simple idea hace que se me revuelva
el estómago. Pero la sobriedad en el tren vespertino es un desafío. Sobre todo
ahora, con este calor. Una fina capa de sudor cubre cada centímetro de mi piel,
siento un hormigueo en el interior de la boca y los ojos me escuecen cuando, al
frotármelos, el rímel se me mete por las comisuras.
De repente, el móvil vibra en mi bolso, me sobresalta. Las dos chicas que van
sentadas al otro lado del vagón se vuelven hacia mí y luego se miran entre sí e
intercambian una sonrisa. No sé qué pensarán de mí, pero sé que no es algo
bueno. El corazón me late con fuerza cuando cojo el teléfono. Sé que esto
tampoco será algo bueno: quizá se trata de Cathy para pedirme amablemente
que esta tarde le dé un descanso a la bebida. O de mi madre para decirme que la
semana que viene estará en Londres y se pasará por mi oficina para ir a
almorzar. Miro la pantalla. Es Tom. Vacilo durante un segundo y luego contesto.
—¿Rachel?
Durante los primeros cinco años, nunca fui Rachel. Siempre Rach. O, a
veces, Shelley, porque él sabía que lo odiaba y le hacía gracia ver cómo me
enfadaba y que, a pesar de ello, al final no pudiera evitar unirme a sus risas.
—Soy yo, Rachel —dice con voz plúmbea, parece cansado—. Escucha,
tienes que dejar de hacer esto, ¿de acuerdo? —Yo no digo nada. El tren está
aminorando su marcha y casi está enfrente de su casa, mi antigua casa. Me
gustaría decirle que saliera al patio y me permitiera verlo—. Por favor, Rachel,
no puedes estar llamándome continuamente. Has de resolver tus problemas de
una vez. —Siento un nudo en la garganta tan grande como un guijarro, prieto e
inamovible. No puedo tragar. No puedo hablar—. ¿Rachel? ¿Estás ahí? Sé que las
cosas no te van bien, y lo siento de veras pero… Yo no puedo ay udarte, y todas
estas llamadas están molestando a Anna. Ya no te puedo ay udar más. Ve a
Alcohólicos Anónimos o algo así. Por favor, Rachel. Cuando salgas hoy del
trabajo, ve a una reunión de Alcohólicos Anónimos.
Me quito la sucia tirita del dedo y me quedo mirando la carne pálida y
arrugada y la sangre reseca que hay en el borde de la uña. Entonces presiono
con el pulgar de la mano derecha el centro del corte hasta que noto cómo se
abre. El dolor es intenso y candente. Contengo el aliento y la herida comienza a
sangrar. Las chicas que van sentadas al otro lado del vagón se me quedan
mirando con el rostro lívido.
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