EL RESPLANDOR

Título
EL RESPLANDOR

Autor
Stephen king

Año
1977

Páginas
656

Idioma
Español

Editorial
DEBOLS!LLO

Resumen
Danny tenía cinco años, y a esa edad pocos niños saben que los espejos invierten las imágenes y menos aún saben diferenciar entre realidad y fantasía. Pero Danny tenía pruebas de que sus fantasías relacionadas con el resplandor del espejo acabarían cumpliéndose: REDRUM… MURDER, asesinato.
Pero su padre necesitaba aquel trabajo en el hotel. Danny sabía que su madre pensaba en el divorcio y que su padre se obsesionaba con algo muy malo, tan malo como la muerte y el suicidio. Sí, su padre necesitaba aceptar la propuesta de cuidar de aquel hotel de lujo de más de cien habitaciones, aislado por la nieve durante seis meses.

FRAGMENTO

Menudo empleaducho engreído, pensó Jack Torrance.

Ullman no pasaría de un metro sesenta y cinco de estatura, y al moverse lo hacía con la melindrosa rapidez propia de los hombres bajos y obesos. La raya del pelo era milimétrica, y vestía un traje oscuro, sobrio, aunque reconfortante. Aquel traje parecía invitar a las confidencias cuando se trataba de un cliente cumplidor, pero transmitía un mensaje más lacónico al ayudante contratado: «más vale que sea usted eficiente». Llevaba un clavel rojo en la solapa, probablemente para que por la calle nadie confundiera a Stuart Ullman con el empresario de pompas fúnebres.

Mientras hablaba, Jack pensó que, en aquellas circunstancias, probablemente a nadie le habría gustado estar al otro lado de la mesa.

Ullman le había hecho una pregunta, sin que él alcanzara a oírla. Mala suerte, se dijo. Ullman era una de esas personas capaces de archivar en su computadora mental los errores de este tipo para tenerlos en cuenta más adelante.

–¿Qué decía?

–Le preguntaba si su mujer conoce realmente el trabajo que ha de hacer aquí. También está su hijo, por supuesto –echó un vistazo a la solicitud que tenía ante sí– … Daniel. ¿A su esposa no le asusta la idea?

–Wendy es una mujer extraordinaria.

–¿Su hijo también lo es?

Jack esbozó una amplia sonrisa de «relaciones públicas».

–Creemos que sí. Para sus cinco años es un chico bastante seguro de sí mismo.

Ullman no le devolvió la sonrisa. Guardó la solicitud de Jack en una carpeta, que fue a parar a un cajón. La mesa quedó completamente despejada, salvo por un secante, un teléfono, una lámpara y una bandeja de Entradas/Salidas, también vacía.

Ullman se levantó y se dirigió hacia el archivador, colocado en un rincón.

–Por favor, acérquese, señor Torrance. Vamos a ver los planos del hotel.

Volvió con cinco hojas grandes, que desplegó sobre la brillante superficie de nogal del escritorio. Jack se quedó de pie junto a él, y percibió claramente el olor de la colonia de Ullman. «Mis hombres usan English Leather, o no usan nada.» El anuncio le vino a la mente sin motivo alguno, y tuvo que morderse la lengua para dominar un acceso de risa. Desde el otro lado de la pared, llegaban débilmente los ruidos de la cocina del hotel Overlook. Al parecer, estaban terminando el servicio de comidas.

–La última planta –comentó Ullman–, es el desván. En la actualidad no hay más que trastos. El Overlook ha cambiado de manos varias veces desde la guerra, y parece que cada uno de los directores echó en el desván todo lo que no quería. Quiero que pongan ratoneras y cebos envenenados. Algunas camareras de la tercera planta aseguran que han oído ruidos ahí arriba. Aunque no lo creo, no debe haber una sola oportunidad entre cien de que una rata se aloje en el Overlook.

Jack, que sospechaba que todos los hoteles del mundo alojaban al menos un par de ratas, guardó silencio.

–Por supuesto, no dejará que su hijo suba al desván bajo ninguna circunstancia.

–No –convino Jack, y volvió a sonreír afablemente. Qué situación más humillante, pensó. ¿Acaso este empleaducho engreído cree que dejaré jugar a mi hijo en un desván con ratoneras, atestado de trastos y de sabe Dios qué otras cosas?

Ullman apartó el plano del desván y lo puso debajo de los otros.

–El Overlook tiene ciento diez habitaciones –anunció con solemnidad–. Treinta de ellas, todas suites, están en la tercera planta; diez en el ala oeste (incluyendo la suite presidencial), diez en el centro y las otras diez en el ala este. Todas ellas tienen una vista estupenda.

¿No podrías, por lo menos, interrumpir tu discurso?, se preguntó, pero guardó silencio, ya que necesitaba el empleo.

Ullman puso el plano de la tercera planta debajo de los demás y los dos examinaron el de la segunda.

–Cuarenta habitaciones –prosiguió Ullman–, treinta dobles y diez individuales. Y en la primera planta, veinte de cada clase. Además, hay tres armarios de ropa blanca en cada planta, un almacén en el extremo este de la segunda planta y otro en el extremo oeste de la primera. ¿Alguna pregunta?

Jack negó con la cabeza y Ullman guardó los planos de la primera y segunda planta.

–Bueno, ahora la planta baja. Aquí, en el centro, está el mostrador de recepción; detrás de él la administración. El vestíbulo mide veinticinco metros a cada lado del mostrador. En el ala oeste están el comedor Overlook y el salón Colorado. El salón de banquetes y el de baile ocupan el ala este. ¿Alguna pregunta?

–Sólo referente al sótano, que para el vigilante de invierno es el lugar más importante –respondió Jack–. Vamos, donde se desarrolla la acción…

–Todo eso se lo enseñará Watson. El plano de los sótanos está en la pared del cuarto de calderas –frunció el entrecejo con aire de importancia, quizá dando a entender que, como director, no le concernían aspectos del funcionamiento del Overlook tan terrenales como las calderas y la fontanería–. Tal vez no sea mala idea poner algunas ratoneras también ahí abajo. Espere un minuto…

Garabateó una nota en un bloc que sacó del bolsillo interior de la chaqueta (cada hoja llevaba en bastardilla la inscripción «De la mesa de Stuart Ullman»), arrancó la hoja y la dejó en el apartado de «Salidas» en la bandeja. El bloc pareció desaparecer en su bolsillo, como si acabara así un truco de magia. Ahora lo ves, ahora no lo ves. Este tipo es un verdadero artista, pensó Jack.

Volvieron a la posición del principio, Ullman detrás de la mesa del despacho y Jack frente a él, entrevistador y entrevistado, solicitante y patrón reacio. Éste entrecruzó sus pulcras manos sobre el papel secante y miró fijamente a Jack; Ullman era un hombre menudo y calvo, con traje de banquero y discreta corbata gris. La flor que lucía en la solapa contrastaba con una pequeña insignia, sobre la que se leía en pequeñas letras doradas: PERSONAL.

–Francamente, señor Torrance, Albert Shockley es un hombre muy poderoso. Tiene grandes intereses en el Overlook… que por primera vez en su historia ha dado beneficios en la última temporada. El señor Shockley pertenece también al Consejo de Administración, pero no es hombre de hostelería, y él sería el primero en admitirlo. Ahora bien, en lo que respecta a este asunto del vigilante, ha expresado claramente sus deseos: quiere que le contratemos a usted, y así lo haré. Pero de haber tenido libertad de acción en esta cuestión, yo jamás le habría admitido.

Sudorosas, luchando una con otra, las manos de Jack se trababan tensamente. Empleaducho engreído, maldito cretino, se dijo.

–No creo que le importe mucho mi opinión, señor Torrance, ni a mí me interesa la suya. Sin duda sus sentimientos hacia mí no tienen nada que ver con mi convicción de que no es usted el hombre adecuado para este trabajo. Durante la temporada que va del quince de mayo al treinta de septiembre, el Overlook emplea a ciento diez personas en dedicación completa; es decir, una por cada habitación del hotel. No creo que a muchos de ellos les caiga simpático, y sospecho que algunos me consideran un tanto odioso. Puede que tengan razón al opinar así de mi carácter; para administrar este hotel de la manera que merece, tengo que ser un poco odioso.

Miró a Jack en espera de que hiciera algún comentario, pero se limitó a desplegar su sonrisa de «relaciones públicas», amplia e insultantemente llena de dientes.

–El Overlook –explicó Ullman– fue construido entre 1907 y 1909. La ciudad más próxima es Sidewinder, situada a sesenta y cinco kilómetros al este de aquí, por carreteras que desde finales de octubre o noviembre quedan bloqueadas hasta abril. Lo construyó un hombre llamado Robert Townley Watson, el abuelo de nuestro actual encargado de mantenimiento. Aquí se han alojado los Vanderbilt, los Rockefeller, los Astor y los Du Pont. Y la suite presidencial la han ocupado cuatro presidentes: Wilson, Harding, Roosevelt y Nixon.

–De Harding y Nixon no estaría tan orgulloso –murmuró Jack.

Ullman frunció el entrecejo con indiferencia.

–Para el señor Watson fue excesivo, de manera que vendió el hotel en 1915. Volvió a ser vendido en 1922, 1929 y 1936, y estuvo vacante hasta finales de la Segunda Guerra Mundial. Luego fue adquirido y completamente renovado por Horace Derwent, millonario inventor, piloto, productor de cine, empresario.

–He oído hablar de él –comentó Jack.

–Por supuesto. Parecía que todo lo que tocaba se convertía en oro… a excepción del Overlook. Invirtió en él más de un millón de dólares antes de que el primer huésped de posguerra atravesara sus puertas para convertir esta reliquia decrépita en un lugar de moda. Derwent hizo instalar las canchas de roqué que le vi admirar cuando llegó.

–¿De roqué?

–Un antecedente británico de nuestro cróquet, señor Torrance. El cróquet es un roqué bastardeado. Según cuenta la leyenda, Derwent aprendió el juego de su secretario social y quedó completamente prendado de él. Es posible que la nuestra sea la mejor cancha de roqué en Norteamérica.

–Estoy seguro –asintió seriamente Jack. Una cancha de roqué, un jardín ornamental con arbustos recortados en forma de animales… ¿qué más podía esperar? Empezaba a cansarse del señor Stuart Ullman, pero era obvio que aún no había terminado. Sin duda iba a decir lo que se había propuesto, hasta la última palabra.

–Después de perder tres millones, Derwent vendió el hotel a un grupo de inversionistas californianos, cuya experiencia fue igualmente nefasta. No era gente de hostelería, eso es todo.

»En 1970 el señor Shockley y un grupo de sus asociados compraron el hotel y me confiaron su administración. También nosotros hemos tenidos números rojos durante varios años, pero me satisface decir que la confianza que los actuales propietarios depositaron en mí jamás se ha debilitado. El año pasado no tuvimos pérdidas. Y este año, por primera vez en casi siete décadas, las cuentas del Overlook se escribieron con tinta negra.

Jack supuso que su orgullo estaba justificado, pero de inmediato volvió a embargarle una profunda sensación de desagrado.

–No veo relación alguna entre la historia del Overlook, realmente interesante, lo admito, y su sospecha de que no valgo para el puesto, señor Ullman –señaló.

–Una de las razones por las que el Overlook ha perdido tanto dinero consiste en la depreciación que se produce todos los inviernos, y que reduce el margen de ganancias mucho más de lo que creería, señor Torrance. Los inviernos son de una crudeza extrema. Para hacer frente al problema contraté a un vigilante permanente, que mantuviera encendidas las calderas y distribuyera diariamente las partes del hotel que reciben calefacción. Debía reparar las averías que se produjeran, de manera que los elementos no pudieran vencernos, mantenerse alerta para solucionar todas y cada una de las contingencias posibles. Durante nuestro primer invierno contraté a una familia en lugar de un hombre solo, y se produjo una tragedia… una tragedia horrible.

Ullman miró a Jack con mirada fría.

–Cometí un error y no tengo inconveniente en admitirlo. El hombre era alcohólico.

Jack sintió que en su boca se dibujaba una mueca áspera y lenta, la antítesis de la sonrisa que hasta el momento había esbozado.

–¿Conque era eso? Me sorprende que Al no se lo haya dicho. Yo he dejado la bebida.

–Sí, el señor Shockley me comentó que ya no bebía. También me habló de su último trabajo… es decir, de su último cargo de responsabilidad. Usted enseñaba inglés en una escuela preparatoria de Vermont, y tuvo un acceso de mal genio… creo que no es necesario que sea más explícito. Sin embargo, casualmente creo que el caso de Grady tiene cierta relación, y por eso he mencionado el tema de su… historia anterior. Durante el invierno del 70 al 71, después de la restauración del Overlook, pero antes de nuestra primera temporada, contraté a ese… desdichado llamado Delbert Grady, y que ocupó las habitaciones que ahora compartirá usted con su mujer y su hijo. Él tenía mujer y dos hijas. Yo tenía mis reservas, entre las cuales las principales eran el rigor de la estación invernal y el hecho de que los Grady pasarían de cinco a seis meses aislados del mundo exterior.

–Pero en realidad, no es así, ¿verdad? Aquí hay teléfono y quizá también una radio de aficionado. Además, el Parque Nacional de las Montañas Rocosas está dentro del alcance de vuelo de un helicóptero, y estoy seguro de que con una extensión tan grande deben de tener un par de esos aparatos.

–No lo sé –admitió Ullman–. El hotel tiene un emisor y receptor de radio que el señor Watson le enseñará, y también le dará una lista de las frecuencias en que debe transmitir si necesita ayuda. Las líneas telefónicas con Sidewinder todavía son aéreas, y casi todos los inviernos caen en algún punto; en ese caso es probable que queden por el suelo entre tres semanas y un mes y medio. En el cobertizo hay un vehículo para la nieve.

–Así pues, el lugar no está realmente aislado.

El señor Ullman parecía apenado.

–Imagine que su mujer o su hijo cayeran por las escaleras y se rompieran el cráneo, señor Torrance. ¿Pensaría entonces que el lugar no está aislado?

Jack comprendió a qué se refería. Un vehículo para la nieve, a toda velocidad, le permitiría llegar a Sidewinder en una hora y media… con suerte. Un helicóptero del servicio de rescate de los parques podría tardar tres horas… en llegar… en condiciones óptimas. Pero si había una tormenta de nieve, no podría despegar, ni se podía contar con ir a toda velocidad en un vehículo de esos, aunque se arriesgara uno a salir con una persona gravemente herida, afrontando temperaturas que podían ser de veinticinco grados bajo cero… o de cuarenta y cinco, teniendo en cuenta el viento como factor de enfriamiento.

–En el caso de Grady –continuó Ullman–, hice el mismo razonamiento que al parecer ha hecho el señor Shockley con usted. La soledad en sí misma puede ser peligrosa. Es mejor que un hombre tenga consigo a su familia. Pensé que, si hay algún problema, lo más probable es que no sea algo tan urgente como una fractura de cráneo o un accidente con alguna de las herramientas mecánicas o un ataque epiléptico. Un caso grave de gripe, una neumonía, un brazo roto… incluso una apendicitis… cualquiera de esas cosas habría dejado tiempo suficiente.

»Sospecho que lo que sucedió fue consecuencia de un exceso de whisky barato (del que sin que yo lo supiera, Grady había hecho una abundante provisión) y de una extraña reacción a la que antes solían llamar «fiebre de encierro». ¿Conoce la expresión? –preguntó Ullman con una sonrisa de suficiencia, dispuesto a explicarla tan pronto como su interlocutor hubiera admitido su ignorancia.

Pero Jack, ni corto ni perezoso, le respondió con rápida precisión:

–Es la forma popular de denominar una reacción claustrofóbica que puede darse cuando varias personas se encuentran encerradas durante un tiempo prolongado. La sensación de claustrofobia se exterioriza como aversión hacia la gente con quien uno se encuentra encerrado. En casos extremos puede dar como resultado alucinaciones y violencia, que pueden llevar al asesinato por motivos tan triviales como una comida quemada o una discusión sobre a quién le toca lavar los platos.

Ullman le miró un tanto perplejo, de lo cual Jack se sintió muy feliz. Decidió llevar un poco más lejos su ventaja, mientras silenciosamente prometía a Wendy que conservaría la calma.

–Supongo que también se equivocó en eso. ¿Grady les hizo daño?

–Las mató, señor Torrance, y después se suicidó. Asesinó a las pequeñas con un hacha y a su mujer con una pistola, con la que luego se suicidó. Tenía una pierna rota. Sin duda estaba tan borracho que se cayó por las escaleras.

Ullman separó ambas manos, mientras miraba virtuosamente a Jack.

–¿Tenía estudios?

–No –respondió Ullman con cierta rigidez–. Creí que un hombre… poco imaginativo sería menos susceptible a los rigores, a la soledad…

–Pues ése fue su error –declaró Jack–. Un hombre necio es más propenso a la fiebre de encierro, de la misma manera que tiene más propensión a matar a alguien por una partida de naipes o a cometer un robo siguiendo el impulso del momento. Porque se aburre. Cuando nieva, no se le ocurre otra cosa que ver la televisión o hacer solitarios, y hacerse trampa cuando no puede sacar todos los ases. No tiene otra cosa que hacer que quejarse a su mujer, reñir a los niños y beber. Le cuesta dormir sin oír más que el silencio. Entonces se emborracha para dormir y después despierta con resaca. Se pone quisquilloso. Y para colmo se queda sin teléfono y el viento le tira la antena de televisión y no puede hacer nada más que pensar y hacer trampas en el solitario y ponerse cada vez más y más quisquilloso. Y por último… bum, bum, bum.

–¿Y en cambio un hombre más culto, como usted, digamos?

–A mi mujer y a mí nos gusta leer. Estoy escribiendo una obra de teatro, como tal vez le haya dicho Al Shockley. Danny tiene sus rompecabezas, sus libros para colorear y su radio de galena. Tengo intención de enseñarle a leer y también a usar las raquetas para la nieve. A Wendy también le gustaría aprender a manejarlas. Sí, creo que podríamos mantenernos ocupados y no tirarnos los trastos a la cabeza unos a otros si se nos averiara la televisión –hizo una pausa–. Y Al le dijo la verdad cuando le contó que yo había dejado de beber. Lo hice, antes, y la cosa llegó a ser grave; pero en los últimos catorce meses no he probado ni un vaso de cerveza. No tengo la intención de traer aquí ni una gota de alcohol, ni pienso que haya oportunidad de conseguirlo después de que empiece a nevar.

–En eso tiene razón –convino Ullman–. Pero mientras estén aquí ustedes tres, los posibles problemas se multiplican. Se lo advertí al señor Shockley, y él dijo que asumía la responsabilidad. Ahora se lo he advertido a usted y, al parecer, también está dispuesto a asumirla.

–Así es.

–De acuerdo. Lo aceptaré, ya que no tengo otra opción. No obstante, preferiría tener un joven universitario sin familia que quisiera tomarse un año de descanso. En fin, quizá usted lo haga bien. Ahora le presentaré al señor Watson, que le enseñará el sótano y los terrenos adyacentes al hotel. A menos que tenga que hacerme alguna pregunta.

–No, ninguna.

Ullman se puso de pie.

–Espero que no queden entre nosotros resentimientos, señor Torrance. Le aseguro que en todo lo que le he dicho no hay nada personal. Sólo pretendo lo mejor para el Overlook. Es un gran hotel, y quiero que siga siéndolo.

–Por supuesto que no hay ningún resentimiento –dijo Jack, sonriendo de nuevo, pero se alegró de que Ullman no le tendiera la mano.

1 junio, 2026

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